Está en mi naturaleza

¿Por qué escribo? A veces, escribir me une a la tierra. Me refiero a la tierra minúscula. Escribir me conecta las raíces a los pies y me asienta el coco. Los pensamientos se plantan ordenadamente, como zanahorias en una huerta. Y es más fácil ver cuáles tienen verdaderas posibilidades de crecer. Me siento segura de lo que pienso. Sé que mis próximos pasos serán certeros.

Otras veces, cuando vengo cubierta de la arena cotidiana, escribir es como sumergirme en el agua. Después de un rato en remojo, los pensamientos se decantan y las emociones salen a la superficie. Cuando este proceso concluye, el alma se queda clara y quieta ante mis ojos.

Después están los días encendidos. En ellos, me siento ante el teclado mascullando cenizas sin mucho afán, hasta que una brasa pequeña sobresalta a la lengua. Remuevo y soplo ávidamente. Una llamita empieza a bailar. Me achispa la mirada. Mis dedos se vuelven veloces. Surge el incendio; el calor y la luz.

De una u otra forma, según el momento, escribir ayuda a pensar y sentir mejor; afirma la raíz, trasluce el alma, anima la vivacidad… Aunque tengo que reconocerlo: Mis favoritos son los días-viento para mis ideas-barrilete.

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