Laberintos resueltos

A que da gusto leer a alguien que pone sobre el papel aquello que da vueltas por tu mente y tus emociones pero no encuentra la salida del laberinto.

El magnetismo de la luna llena suele atraerme hacia el centro de esos caminos que se entrecruzan sin fin por el simple placer de vernos perdidas. En esos días sé que estoy allí, perdida. Sé además que deseo salir de esa incertidumbre serpenteante. Pero no consigo llevar a la puerta correcta. De hecho, muchas veces no llego a ninguna puerta, todo es camino sin dirección ni sentido.

Podría dar infinitas vueltas desgastando el apisonado sin llegar a ningún sitio. He aprendido, después de muchas suelas gastadas, que a veces es mejor parar. No hablo de abandonar, sino de cambiar de estrategia: detenerse y escuchar más adentro aún.

Si consigo que aquello que bulle en mi mente y mis emociones reciba la chispa de la intuición, mis pasos recobran vida y me conducen directamente a la respuesta.

Entonces, leo esa voz que habla por mí.

Paradójicamente, esa respuesta no es suficiente; pide más respuestas.

Entonces, se abre la puerta a mis propias palabras.

Entonces, escribo.

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