Qué injusta es la vida

Durante muchos años, estar cerca era muy cómodo, como bajar el sábado a la tarde al ultramarinos de la esquina en chándal y sin dinero, porque ya te pagaré. Resulta que doña Emilia le fiaba a todo el mundo y al final no podía pagar la luz. Tuvo que poner unas velas para seguir abriendo. Pero un día una se le cayó y se prendió fuego el ultramarinos.

Doña Emilia salió corriendo, pidió ayuda, pero se estaba tan cómodo en el sofá que no saliste a ver qué eran esos gritos.

Se quemó todo y doña Emilia se quedó sin nada. Pero ahora no te pareció que estabas tan cerca. Te refieres a ella como “pobre mujer”, la saludas por la calle con un gesto y sigues adelante, meneando la cabeza con disgusto por lo injusta que es la vida.

Durante años, muchos años, África estuvo muy cerca. Muy cerca y muy llena, de oro, diamantes, mujeres y hombres fuertes y saludables para hacer los trabajos más duros a cambio de nada. Ahora parece que se hubiera alejado miles de kilómetros… pobre gente… ¡Qué disgusto, qué injusta es la vida!

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