Bicicleta

La tierra rojiza y seca del camino rasga limpiamente el vivo follaje. La bicicleta avanza impulsada con la fuerza comedida que exige el calor. El crujido del mecanismo destartalado marca el ritmo. Una ráfaga insistente de cigarras acompaña el pedaleo del hombre flaco. Quizás, un balido lejano complete la melodía. El perfume de la escena es el de los plátanos maduros amontonados en la parte trasera de la bicicleta.

La camisa blanca muestra dos lamparones más oscuros debajo de los brazos. Gotas caen desde la frente sobre el pantalón oscuro y las zapatillas cubiertas de polvo.

Las piernas se detienen. La bicicleta y sus quejidos, también. Las cigarras siguen vibrando. Olivier desmonta y dirige su vehículo fuera del camino, hacia unos árboles detrás de los cuales se esconde, él lo sabe bien, el lago extenso y fresco. Se agacha junto a la orilla y recoge en sus manazas la cantidad de agua necesaria para toda su cara. Recupera el aliento.

Tiene que entrecerrar los ojos para observar la superficie titilante del Tanganyika. Detecta por fin la piragua y su pasajero, una diminuta figura negra a lo lejos. Olivier la ve acercarse. La embarcación se desliza con un siseo apenas audible. Los hombres se miran. Jaques empuja la nave cargada de redes sobre las piedras de la orilla y se sienta sin parsimonia junto a Olivier.

Pasarán un rato libres de miradas antes de seguir cada cual su camino.

Elegido entre los 50 mejores en Purorrelato – II Concurso de Microrrelatos Casa África en febrero de 2015.

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