Fotografía

Eramos tres. Llegamos con nuestras cámaras y nuestra caras: blanca, fucsia, clara. Íbamos en cochazos oficiales, blancos con letras azules, en fila.

Nos recibieron las criaturitas negras amontonándose con sus manos sucias, sus sonrisas rotas, sus ropas viejas, su frase mixta: “¡Mzungu, filme moi!”.

Volvimos a hacer el juego habitual de bienvenida, el que repetíamos en cada aldea: Tomar fotografías y mostrarles su imagen en la pantalla digital.

Sus dedos flacos señalaban con sorpresa y sus bocas pedían más.

Las jovencitas miraban discretamente al suelo con las manos trenzadas a la espalda. Los jovencitos, un poco alejados de la escena se codeaban y comentaban nuestra llegada con fingido desinterés. Las personas adultas, esperaban pacientemente su turno para pedir.

Un chico de unos catorce años se acercó con su uniforme de pobre: camiseta azul rota, bermudas vaqueras deshilachadas, chanclas, los pies cubiertos de polvo. Sonriente, le señalé mi cámara, el código habitual para “¿Quieres que te haga una foto?”. Me miró serio. Lo vi meter su mano derecha en el bolsillo trasero del pantalón, extraer rápidamente un aparato más bien antiguo, apuntarme y disparar.

Antes de alejarse sonriendo, me mostró mi cara de sorpresa, ahora fija en la pantalla de su móvil.

Elegido entre los 50 mejores en Purorrelato – II Concurso de Microrrelatos Casa África en febrero de 2015.

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