Autor: gretafrank

Qué injusta es la vida

Durante muchos años, estar cerca era muy cómodo, como bajar el sábado a la tarde al ultramarinos de la esquina en chándal y sin dinero, porque ya te pagaré. Resulta que doña Emilia le fiaba a todo el mundo y al final no podía pagar la luz. Tuvo que poner unas velas para seguir abriendo. Pero un día una se le cayó y se prendió fuego el ultramarinos. (más…)

Meditación

Podía percibir la tensión subiendo desde los hombros hasta la base del cráneo. Con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, Marian movió el cuello buscando alivio. Respiró lentamente y notó sus músculos relajándose. El silencio se iba haciendo un hueco con cada exhalación…

De sus talones brotó un cosquilleo, un poco de calor, un pequeño placer inquietante. Marian sintió dos ramas verdes que nacían de las plantas de sus pies y la unían primero al suelo de madera y después a la tierra subyacente.
Las ramas se hacían cada vez más gruesas y lisas. Sensibles como las yemas de sus dedos, profundizaban rápidamente en la esfera rozando la tierra negra con sonidos quebradizos.

Pero antes de llegar al centro, cambiaron el rumbo formando un ángulo hacia la superficie. Sorprendida, Marian sintió el viraje en su propio núcleo. En su ascenso, las ramas se iban tornado más oscuras, resistentes y nudosas, como una mano anciana y huesuda. Las puntas se deshilacharon al rozar la corteza.

Las delicadas hebras desalojaron los guijarros de la orilla y, con una profunda bocanada de aire limpio, se desmelenaron a la intemperie. Estaban en un punto de la roja y olorosa tierra de Uvira, frente a la casa de adobe de su infancia.

Al otro lado del mar, muy al norte, Marian abrió los ojos.

 

Tercer premio. Publicado en Purorrelato – II Concurso de Microrrelatos Casa África en febrero de 2015.