Ideas (poco) útiles

Herramientas, pistas, intuiciones y todo lo me anima a jugar con las palabras, a expresar ideas o emociones.

Cuerpo y alma

El cerebro es un órgano de mi cuerpo físico que necesita descanso, alimento, oxígeno, ejercicio…

Si pongo mis ideas y mis emociones en sintonía con mi cuerpo, la creación resulta mucho más fácil, más fluida, más libre y sana.

La vitalidad de mis palabras depende de la vitalidad de mi cuerpo. Para desarrollar la acción de crear necesito poner en marcha otras acciones: andar, sentir el aire en la piel, sudar, contraer músculos y agitar los pulmones, por ejemplo.

El placer, la satisfacción y la felicidad dependen de esa conexión. Soy poeta de cuerpo y alma.

 

Mensajes privatizados

¿Qué es la felicidad? ¿y la pasión? ¿y cuáles son tus sueños? ¿Qué son el éxito, el crecimiento, la seguridad?

¿Qué es la paz? ¿Qué es la guerra?

La felicidad es lo que ocurre cuando destapas una botella de refresco; la pasión, lo que sucede cuando cambias de colchón; y tus sueños, comprar, tener y ser mejor que… El éxito es tener a la chica más guapa (guapa según quién) a tus pies (porque eres hombre) y la envidia de todo el mundo (de ellos). Sí, evidentemente, para la chica, el éxito es él y ser la más guapa, y otra vez la envidia (de ellas). El crecimiento es más dinero en el banco. La seguridad es una alarma y un guardia en la puerta. La paz es derrotar al enemigo. La guerra es algo que tenemos la obligación de afrontar para defender nuestro honor (¿honor? ¿y qué es honor?…).

¿Por qué me suenan tan familiares estas definiciones de felicidad, pasión, sueños, éxito, paz, guerra, seguridad, crecimiento…? ¿Por qué acuden a mí de forma casi automática? ¿Será que son verdad?

O será que no… ¿Cómo puede ser que pensemos que la vida, la felicidad, la pasión, la seguridad es eso que nos dicen? Porque lo hacemos ¿eh? Y tomamos decisiones cada día basándonos en ello. Sabemos, estoy segura, de que no es así. En el fondo del alma lo sabemos. Pero hay un resorte que salta una y otra vez haciéndonos extender la mano para agarrar el siguiente producto.

¿Es culpa de la tele? No, la tele no toma esas decisiones. es un sistema de transmisión de información. ¿La radio? Tres cuartos de lo mismo. Por lo tanto, no se trata de execrar a la tele, ni a Internet, ni a la prensa, ni la radio… ni a los fanzines, ni a las pintadas callejeras, ni los boletines oficiales… Los mensajes están allí y serán lanzados porque alguien(es) se apropió de su significado y nos lo vende en cómodas cuotas. Si no estuvieran la tele, la prensa, etcétera, ya encontrarían otros modos para insistir machaconamente. Y claro, las personas construimos la realidad en base a estos mensajes.

Sin embargo, mientras tanto, la vida transcurre (toda ella) fuera de estos medios. Las pantallas (las grandes y las pequeñas) nos muestran solo una pizca de la vida, una pequeña parte de lo que ocurre en el mundo. Y nos muestra también otras cosas que no son verdad.

Se me ocurren algunas opciones respecto de quiénes deciden eso. No lo tengo del todo claro aunque me suena que va por el lado de la acumulación de la riqueza. Necesitaría menos ruido y menos urgencia para pensarlo. Lo que sí tengo claro es que es gente con poder para sincronizar los mensajes del mundo.

Pero incluso por encima de todo ello, tengo claro que yo no fui. Yo no decidí que esas fueran las definiciones. No son las mías. Y si quiero que mis mensajes estén libres de estas premisas que me resultan ajenas y falsas, tengo que volver a hacer las preguntas básicas.

Afortunadamente la polisemia es posible. No necesito competir ni imponer a nadie mis definiciones. Basta con elegir la que más me gusta y mejor me sienta.

¿Qué es la felicidad? ¿y la pasión? ¿y cuáles son mis sueños?

¿Qué son el éxito, el crecimiento, la seguridad?

¿Qué es la paz? ¿Qué es la guerra? ¿El amor? ¿La vida?

¿Seremos capaces de recrear las definiciones, de limpiarlas de falsas premisas y reconstruir cada quien su mensaje propio? Podemos también pensar conjuntamente, escuchar propuestas, alternativas, expresadas con calma y como opiniones, no como dogmas. A mí me gusta dialogar con quien me deja pensar y degustar las ideas antes de decidir a qué saben.

El ruido sigue siendo fuerte todavía. Pero a veces, consigo hacer silencio (muchas veces compartido), pensar, entender y responderme.

Laberintos resueltos

A que da gusto leer a alguien que pone sobre el papel aquello que da vueltas por tu mente y tus emociones pero no encuentra la salida del laberinto.

El magnetismo de la luna llena suele atraerme hacia el centro de esos caminos que se entrecruzan sin fin por el simple placer de vernos perdidas. En esos días sé que estoy allí, perdida. Sé además que deseo salir de esa incertidumbre serpenteante. Pero no consigo llevar a la puerta correcta. De hecho, muchas veces no llego a ninguna puerta, todo es camino sin dirección ni sentido.

Podría dar infinitas vueltas desgastando el apisonado sin llegar a ningún sitio. He aprendido, después de muchas suelas gastadas, que a veces es mejor parar. No hablo de abandonar, sino de cambiar de estrategia: detenerse y escuchar más adentro aún.

Si consigo que aquello que bulle en mi mente y mis emociones reciba la chispa de la intuición, mis pasos recobran vida y me conducen directamente a la respuesta.

Entonces, leo esa voz que habla por mí.

Paradójicamente, esa respuesta no es suficiente; pide más respuestas.

Entonces, se abre la puerta a mis propias palabras.

Entonces, escribo.

Hacer un hueco

Lo que me gusta no sale en las noticias.
Lo que me hace sentir fuerte, lo que me impulsa a volar, está en otro sitio. Por eso, necesito un hueco para esas cosas. Es necesario reservar un espacio donde sentir cómo se pueblan los ojos de húmedas ilusiones.
Ese es mi sitio para escuchar la música que no puedo cantar porque es tan cierta que la verdad se me agolpa en la garganta.
Allí están los libros y las ideas infinitas, las que quiero estar leyendo y pensando siempre.
Protejo de la urgencia allí los buenos recuerdos, aunque ya sean pasado, porque fueron luminoso presente y me alimentaron la alegría.
Se respira allí un cielo verde y soleado, con la diversidad como medida y la armonía como regla.
En ronda me observan y sonríen las caras queridas, los gestos transparentes y los perfumes familiares.
El abrazo ajustado de cielo, ronda, recuerdos, ideas, libros y música es poderoso. Es el veneno perfecto contra el antídoto del mundo de plastilina.

Valor y validez

Cada vez vale menos la palabra; sobre todo, la palabra dada; sobre todo, la palabra amor.
Nos volvemos seres inconexos, incapaces sociales.
No entendemos lo que vemos. No sabemos lo que decimos. No hablamos de lo importante. No decimos lo que hay que decir.
Nos llenamos los ojos y la boca, eso sí, de falacias inútiles. Esa plenitud, ese sobrepeso, nos impide movernos y buscar: respuestas; verdades hasta el límite de la lucidez embargante; palabras hasta el límite de las lágrimas; hasta el punto de quedarnos sin aire y aprender, otra vez, a respirar.

Está en mi naturaleza

¿Por qué escribo? A veces, escribir me une a la tierra. Me refiero a la tierra minúscula. Escribir me conecta las raíces a los pies y me asienta el coco. Los pensamientos se plantan ordenadamente, como zanahorias en una huerta. Y es más fácil ver cuáles tienen verdaderas posibilidades de crecer. Me siento segura de lo que pienso. Sé que mis próximos pasos serán certeros.

Otras veces, cuando vengo cubierta de la arena cotidiana, escribir es como sumergirme en el agua. Después de un rato en remojo, los pensamientos se decantan y las emociones salen a la superficie. Cuando este proceso concluye, el alma se queda clara y quieta ante mis ojos.

Después están los días encendidos. En ellos, me siento ante el teclado mascullando cenizas sin mucho afán, hasta que una brasa pequeña sobresalta a la lengua. Remuevo y soplo ávidamente. Una llamita empieza a bailar. Me achispa la mirada. Mis dedos se vuelven veloces. Surge el incendio; el calor y la luz.

De una u otra forma, según el momento, escribir ayuda a pensar y sentir mejor; afirma la raíz, trasluce el alma, anima la vivacidad… Aunque tengo que reconocerlo: Mis favoritos son los días-viento para mis ideas-barrilete.