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Laberintos resueltos

A que da gusto leer a alguien que pone sobre el papel aquello que da vueltas por tu mente y tus emociones pero no encuentra la salida del laberinto.

El magnetismo de la luna llena suele atraerme hacia el centro de esos caminos que se entrecruzan sin fin por el simple placer de vernos perdidas. En esos días sé que estoy allí, perdida. Sé además que deseo salir de esa incertidumbre serpenteante. Pero no consigo llevar a la puerta correcta. De hecho, muchas veces no llego a ninguna puerta, todo es camino sin dirección ni sentido.

Podría dar infinitas vueltas desgastando el apisonado sin llegar a ningún sitio. He aprendido, después de muchas suelas gastadas, que a veces es mejor parar. No hablo de abandonar, sino de cambiar de estrategia: detenerse y escuchar más adentro aún.

Si consigo que aquello que bulle en mi mente y mis emociones reciba la chispa de la intuición, mis pasos recobran vida y me conducen directamente a la respuesta.

Entonces, leo esa voz que habla por mí.

Paradójicamente, esa respuesta no es suficiente; pide más respuestas.

Entonces, se abre la puerta a mis propias palabras.

Entonces, escribo.

Incauta embaucadora

Pegado mi hombro el cristal de la ventana, siento el frío mojado. Revuelvo con poco entusiasmo el azúcar y el café. Te veo entrar oscuro; bufandas, zapatos, collares, reloje, cds…

Puedo entre otras cosas, elegirte a tí como compañero, como amigo, como socio, como vecino, como enemigo, como culpable, como víctima, como incauto o embaucador. Puedo elegirte como guía o como carga, como sueño o realidad. Puedo soñarte despierta o matarte en sueños. Puedo construirte, apuntalarte o destruirte.

Y todo eso sin que cambies un ápice. Ya encontraré yo la excusa perfecta para explicar mi posición.

Ya pondré el cristal adecuado para mirarte a través de él y, sin que te des cuenta, convertirte en lo que yo quiero que seas.

Pero poco, o casi nada, de todo ello será verdad hasta que no sepa quién eres. Hasta entonces, será mi miedo el que decida por los dos; o será mi prejuicio, mi pereza, o mi falta de práctica.

Y sin embargo, cuando sepa lo que quiero que seas, puede que quiera que seas simplemente tú.

¿Tomas un café?

 

Microrrelato “Incauta embaucadora“, ganador del concurso La otra hodina h y la interculturalidad – 2013. Publicado en El libro albedrío de la paz – No direction Rainbow. (Pag. 76).

Hacer un hueco

Lo que me gusta no sale en las noticias.
Lo que me hace sentir fuerte, lo que me impulsa a volar, está en otro sitio. Por eso, necesito un hueco para esas cosas. Es necesario reservar un espacio donde sentir cómo se pueblan los ojos de húmedas ilusiones.
Ese es mi sitio para escuchar la música que no puedo cantar porque es tan cierta que la verdad se me agolpa en la garganta.
Allí están los libros y las ideas infinitas, las que quiero estar leyendo y pensando siempre.
Protejo de la urgencia allí los buenos recuerdos, aunque ya sean pasado, porque fueron luminoso presente y me alimentaron la alegría.
Se respira allí un cielo verde y soleado, con la diversidad como medida y la armonía como regla.
En ronda me observan y sonríen las caras queridas, los gestos transparentes y los perfumes familiares.
El abrazo ajustado de cielo, ronda, recuerdos, ideas, libros y música es poderoso. Es el veneno perfecto contra el antídoto del mundo de plastilina.

Valor y validez

Cada vez vale menos la palabra; sobre todo, la palabra dada; sobre todo, la palabra amor.
Nos volvemos seres inconexos, incapaces sociales.
No entendemos lo que vemos. No sabemos lo que decimos. No hablamos de lo importante. No decimos lo que hay que decir.
Nos llenamos los ojos y la boca, eso sí, de falacias inútiles. Esa plenitud, ese sobrepeso, nos impide movernos y buscar: respuestas; verdades hasta el límite de la lucidez embargante; palabras hasta el límite de las lágrimas; hasta el punto de quedarnos sin aire y aprender, otra vez, a respirar.

Está en mi naturaleza

¿Por qué escribo? A veces, escribir me une a la tierra. Me refiero a la tierra minúscula. Escribir me conecta las raíces a los pies y me asienta el coco. Los pensamientos se plantan ordenadamente, como zanahorias en una huerta. Y es más fácil ver cuáles tienen verdaderas posibilidades de crecer. Me siento segura de lo que pienso. Sé que mis próximos pasos serán certeros.

Otras veces, cuando vengo cubierta de la arena cotidiana, escribir es como sumergirme en el agua. Después de un rato en remojo, los pensamientos se decantan y las emociones salen a la superficie. Cuando este proceso concluye, el alma se queda clara y quieta ante mis ojos.

Después están los días encendidos. En ellos, me siento ante el teclado mascullando cenizas sin mucho afán, hasta que una brasa pequeña sobresalta a la lengua. Remuevo y soplo ávidamente. Una llamita empieza a bailar. Me achispa la mirada. Mis dedos se vuelven veloces. Surge el incendio; el calor y la luz.

De una u otra forma, según el momento, escribir ayuda a pensar y sentir mejor; afirma la raíz, trasluce el alma, anima la vivacidad… Aunque tengo que reconocerlo: Mis favoritos son los días-viento para mis ideas-barrilete.