leer

Preguntar y responder

¿A quién le hablamos? ¿A quién nos gustaría hablar? ¿Quién escucha? ¿Quién nos gustaría que escuche? ¿Qué efecto tiene? ¿Qué efecto querríamos?

Preguntas que tengo que hacerme cada vez que leo y cada vez que escribo.

Y para responderlas necesito sobre todo conocerme muy bien.

Estudiar mucho; pero sobre todo escuchar, mirar, tocar, oler, degustar y sentir mucho, es lo que nos hace aprender mucho ¡y bien!

Laberintos resueltos

A que da gusto leer a alguien que pone sobre el papel aquello que da vueltas por tu mente y tus emociones pero no encuentra la salida del laberinto.

El magnetismo de la luna llena suele atraerme hacia el centro de esos caminos que se entrecruzan sin fin por el simple placer de vernos perdidas. En esos días sé que estoy allí, perdida. Sé además que deseo salir de esa incertidumbre serpenteante. Pero no consigo llevar a la puerta correcta. De hecho, muchas veces no llego a ninguna puerta, todo es camino sin dirección ni sentido.

Podría dar infinitas vueltas desgastando el apisonado sin llegar a ningún sitio. He aprendido, después de muchas suelas gastadas, que a veces es mejor parar. No hablo de abandonar, sino de cambiar de estrategia: detenerse y escuchar más adentro aún.

Si consigo que aquello que bulle en mi mente y mis emociones reciba la chispa de la intuición, mis pasos recobran vida y me conducen directamente a la respuesta.

Entonces, leo esa voz que habla por mí.

Paradójicamente, esa respuesta no es suficiente; pide más respuestas.

Entonces, se abre la puerta a mis propias palabras.

Entonces, escribo.

Hacer un hueco

Lo que me gusta no sale en las noticias.
Lo que me hace sentir fuerte, lo que me impulsa a volar, está en otro sitio. Por eso, necesito un hueco para esas cosas. Es necesario reservar un espacio donde sentir cómo se pueblan los ojos de húmedas ilusiones.
Ese es mi sitio para escuchar la música que no puedo cantar porque es tan cierta que la verdad se me agolpa en la garganta.
Allí están los libros y las ideas infinitas, las que quiero estar leyendo y pensando siempre.
Protejo de la urgencia allí los buenos recuerdos, aunque ya sean pasado, porque fueron luminoso presente y me alimentaron la alegría.
Se respira allí un cielo verde y soleado, con la diversidad como medida y la armonía como regla.
En ronda me observan y sonríen las caras queridas, los gestos transparentes y los perfumes familiares.
El abrazo ajustado de cielo, ronda, recuerdos, ideas, libros y música es poderoso. Es el veneno perfecto contra el antídoto del mundo de plastilina.

Valor y validez

Cada vez vale menos la palabra; sobre todo, la palabra dada; sobre todo, la palabra amor.
Nos volvemos seres inconexos, incapaces sociales.
No entendemos lo que vemos. No sabemos lo que decimos. No hablamos de lo importante. No decimos lo que hay que decir.
Nos llenamos los ojos y la boca, eso sí, de falacias inútiles. Esa plenitud, ese sobrepeso, nos impide movernos y buscar: respuestas; verdades hasta el límite de la lucidez embargante; palabras hasta el límite de las lágrimas; hasta el punto de quedarnos sin aire y aprender, otra vez, a respirar.